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El mito de la reconciliación en la cama.
En el género masculino está extendida la convicción que los desencuentros de la pareja se arreglan en la cama. Pero no siempre funciona.

“Eran una pareja como tantas otras. Habían salido a tomar algo, como tantas veces, previo a un encuentro más íntimo. Lo que pretendía ser un intercambio, un compartir, se transformó en una serie de reproches y en una discusión sin vislumbrar una salida. Volvieron nuevamente a su hogar. Ella dolorida e insatisfecha, él también con la misma sensación pero con el anhelo de que si le hacía el amor cuando llegasen todo se iba a disipar y estarían como antes.
Él le rozó el cuello, le acarició el pelo. Ella se encrespó, nada le fastidiaba más que él siempre pensara en lo mismo cuando más tenían que hablar…”
Según Eva Giberti, como lo señala en un artículo publicado en la revista especializada Actualidad Psicológica, este mito se trataría simplemente de un ejemplo más de cómo “es la mujer la que regula el ritmo erótico de una pareja”. 


TIEMPOS NO COMPARTIDOS

Hay una gran diferencia entre lo que erotiza a las mujeres y lo que los varones creen que erotiza a las mujeres. Los varones conocen lo que los erotiza a ellos: un contacto muy directo de entrada. Un varón ve a una mujer desnuda o vestida, y se excita, por eso cuando llega a la cama busca enseguida la penetración. Las mujeres no saben cómo explicarles a sus parejas que sus tiempos son otros. ¿Por qué el encuentro sexual se hace a veces tan difícil? Si el varón hace la suya, la mujer se queda insatisfecha. La mujer quiere un cortejo más animal, que lleva su tiempo, que implica conocer a su partenaire, que necesita de palabras, toques, caricias, acercamientos lentos, estímulos a lo largo de todo su cuerpo.
Los varones saben que el clítoris es la zona más erógena. ¿Entonces, que hacen? Van directo a los pezones y de ahí directo al clítoris. A esa altura el varón ya está sumamente excitado. Y la mujer además tiene el imperativo de la mirada de él, tiene que hacerlo rápido para poder contentarlo a él.

Muchas mujeres ardientes se quejan de sus maridos o compañeros sexuales cuando no sienten en sus brazos sino irritación o fatiga. Así se retraen, se apagan. Muchas confiesan que sus parejas masculinas se asustan cuando sus instintos sexuales igualmente se exacerban y le demandan mayor acción al varón. Pero sólo obtienen, justamente, el resultado inverso: más temor, más disfunción.

Éste es un fenómeno de la modernidad que da cuenta de la presencia de fuertes diferencias en las formas de erotización de varones y mujeres. Esto nos remite al tan mentado mito de que “las peleas se arreglan en la cama”, pareciese que estamos hablando de un ring. Una lucha entre dos personas, donde va a haber un ganador y un perdedor, o a lo sumo un empate. Nada más alejado.


NI COITO NI AMOR

La erotización se produce y manifiesta, más allá de coitos y sentimientos, según lo demuestra la investigación científica llevada a cabo en el Instituto Master & Johnson de Saint Louis, Missouri, lo hace de la siguiente manera:

A poco de iniciado el contacto físico, el 65% de las parejas heterosexuales demoró no más allá de 30 segundos para estimular mamas y/o genitales, sin ningún prolegómeno erotizante.

En más de la mitad de las relaciones heterosexuales, los varones iban directamente en busca del clítoris sin erotizar previamente a sus parejas e insertaban frecuentemente uno o más dedos en la vagina profundamente. Las mujeres confesaron luego, en el 40% de los casos, que sentían que la inserción profunda de dedos en la vagina era más erotizante para los varones que para ellas.

APRENDIENDO DE A DOS

No cabe dudas que este mito tan extendido no deja de ser parte de la cultura que introyectamos a lo largo de nuestra vida. El varón, protagonista de la acción y la mujer, de la pasividad. Pero esto es sólo algo que la sociedad nos adjudica sin la más mínima razón. Ambos comparten parte y parte. Deberían aprender del otro para poder formar el puzzle de la pareja, de la vida de a dos, de compartir los sabores dulces y amargos, por que no, del proyecto en común...

Para ello la comunicación es indispensable, “merecer la vida no es callar, ni transcurrir…” al decir de Marilina Ross. Merecer la vida es luchar, hablar, decir lo que gusta y no gusta, con palabras, con gestos, pero con claridad.

Es que de eso se trata, de dejarse ir, de dejarse llevar, de erotizarse. Aguas mansas, palabras, caricias, colores, olores, risas, juegos del cuerpo, vino, telas suaves, cremas, un concierto táctil y de sabores, tibiezas y sudores de la intimidad, sexualidad femenina pulsional con resolución orgásmica o no, a la cual un varón puede incorporarse sólo cuando deja de lado su historia compulsiva, su prisa eyaculatoria y asume el disfrute sexual, no en términos de alivio de tensión (como le ordena la cultura masculina) sino como expresión erótica del goce (como desean en lo profundo las mujeres).

Tan simple como eso: erotismo y lujuria. El fin último: gozar…

Psic. Sexóloga Gabriela Michoelsson

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